Panamá en Martí. Martí en Panamá.

Para Martí, Colombia era un país hermano, y como parte de este, Panamá se hallaba en su mente, vigilante frente a toda amenaza, al punto de encontrarlo unido a Cuba. 

En fecha temprana, 1881, en una de sus crónicas para el diario caraqueño La Opinión Na­cional, José Martí alertaba sobre los peligros que se cernían sobre Panamá: “Como propiedad suya mira el canal el gobierno norteamericano”. Francia le había hecho saber que nada se reservaba de los probables beneficios de aquella magna empresa; pero otra era la posición de Inglaterra, escribió el revolucionario cubano: “movida de justa previsión y no de celos, estima que debe garantizar la neutralidad del canal junto con los Estados Unidos”, pues si bien se abriría la comunicación entre ambas costas de este país, también lo haría hacia la India, donde eran notables los intereses británicos.

El político cubano conocía las proyecciones de la ambición imperial de la naciente potencia, enfrentada a sus competidoras por el control del continente, y en lo inmediato en la zona de Las Antillas y Centroamérica, lo cual le posibilitó comprender la falsedad del pretexto yanqui al intervenir en el istmo en 1885, cuando pretendió ocultarse tras el argumento de la defensa de los intereses de sus ciudadanos, lo que Martí cuestionó, al analizar que en Pa­namá “ha ido la marina americana más allá de la mera protección de su bandera”, pues amenaza con el uso de la fuerza contra uno de los partidos beligerantes en el país, y ayu­da con esta actitud y con sus propios buques las operaciones de guerra de otro de estos partidos.


No le eran desconocidas, tampoco, las disputas en torno al tratado Clayton-Bulwer, y los intentos yanquis de burlarlo. Este acuerdo, firmado en abril de 1850, estaba avalado por la poderosa flota británica, que impuso un alto momentáneo al desboque yanqui. La pugna entre ambas potencias continuó sin resolverse, y estuvo presente en la Conferencia Inter­na­cional Americana realizada en Washington entre 1889 y 1890.

Para Martí, Colombia era un país hermano, y como parte de este, Panamá se hallaba en su mente, vigilante frente a toda amenaza, al punto de encontrarlo unido a Cuba, como aparece en un párrafo de la crónica donde describe “los días mismos que el senador Edmunds pide que se declare oficialmente el disgusto con que el gobierno de los Estados Unidos vería que Francia endose la empresa del canal de Panamá […]”. Y a seguidas aludía a los intentos norteños por adquirir, como una mercancía, la mayor de las Antillas: “¿Quién medita siquiera en el proyecto ya público de la compra de Cuba […]?” Así se hallaban ambos pueblos, estrechamente vinculados en la concepción revolucionaria continental martiana.

En la crónica citada, el Apóstol se refiere al discurso inaugural de Benjamín Harrison, en el cual este hizo palpables sus intenciones expansionistas sobre el istmo, cuando declaró “que ningún gobierno que nos sea amigo intente dominar el canal que acorte la distancia entre nuestros Estados del Atlántico y del Pacífico”; y, con semejantes fines, incluía el área caribeña, como expresó el nuevo presidente yanqui en la continuación del discurso citado: “Ni ofenderemos las banderas amigas, ni so­portaremos que sea ofendida la nuestra, o los derechos de nuestros ciudadanos, en las tierras continentales, o en las islas del mar”. El autor de la crónica no pasa por alto el pretexto justificativo de siempre: la supuesta defensa de la vida y los bienes de los ciudadanos estadounidenses, solo aceptado como válido por los muy ingenuos, los muy sumisos o los muy comprometidos con el imperio.

A fines de 1891 se dieron los primeros pasos para la constitución del Partido Revolucionario Cubano, proclamado el 10 de abril del siguiente año. El propósito martiano no era solo el éxito de un plan de ataque militar contra el enemigo colonial, sino un complejo proyecto fundacional de una realidad nueva, de al­cance antillano y de proyecciones continentales, dentro de un mundo convulso donde se enfrentaban potencias avariciosas, cuyos designios podrían romper el equilibrio planetario, como ocurrió cuando habían transcurrido menos de tres lustros del siglo XX. La independencia de Cuba se inscribía en una estrategia continental revolucionaria en la cual la guerra en la Isla sería el momento inicial, al que debían seguir la liberación de Puerto Rico, la unión de los patriotas del Caribe y de la América toda.

Para llevar a cabo las labores organizativas de la próxima contienda, el Delegado realizaba extensos recorridos por todas las localidades donde radicaban sus compatriotas. Visitó Panamá dos veces, en junio de 1893 y en igual mes del año siguiente. En ambas ocasiones, el destino final era Costa Rica, donde el general Antonio Maceo encabezaba una aguerrida colonia formada principalmente por excombatientes de la Guerra de los Diez Años y sus familiares.

La misión de Martí, en el primer viaje a la región, fue incorporar al Titán de Bronce a los planes trazados en la localidad dominicana de Montecristi por el Delegado y el mayor general Máximo Gómez, jefe de la rama militar del Partido. No hubo vacilación alguna: la patria podía contar con aquel grupo de valientes.

Desde tierra costarricense, el Maestro viajó a Panamá, adonde llegó el 27 de junio de 1893. Fue recibido por un grupo de los cubanos residentes en la localidad, encabezados por el doctor Manuel Coroalles. El diario El Cronista dio cuenta de su arribo. En una nota del 29 de junio, con el título “Reunión patriótica”, se in­formaba acerca del encuentro realizado en la casa de Francisco Morales, donde el Delegado disertó sobre la necesidad de la unión para alcanzar la independencia, y se refirió al rechazo de las grandes mayorías de los cubanos a la idea de la anexión a los Estados Unidos.

Al año siguiente, a principios de junio, Martí se trasladó a Costa Rica, a intercambiar planes e ideas con Antonio Maceo, quien se encargaba de la organización de una de las expediciones armadas que invadirían el territorio cubano. Con los fondos que se recaudaran en aquel país, debía atender los preparativos; pero el Delegado se propuso engrosarlos con otras contribuciones. Tal objetivo lo llevó a Panamá, donde permaneció del 18 al 21 de junio. Durante estos días, Manuel Coroalles tomó sobre sí la responsabilidad de la suscripción de fondos. Desde Kingston, el Apóstol le escribió unas breves líneas donde expresó: “me salí de Panamá apenado por tener que ver a hombre como Vd. tan de prisa, —y que tiene a orgullo haber merecido su compañía y estimación”.

Los enormes esfuerzos organizativos, desplegados durante más de tres años, culminaron con el inicio de la Guerra de Independencia el 24 de febrero de 1895. Los planes iniciales no pudieron concretarse, por lo que aún a fines de marzo el Delegado se hallaba en República Dominicana, donde redactó y firmó, junto con el general Máximo Gómez, el documento programático conocido como Manifiesto de Montecristi, en el cual ocupa lugar destacado el canal de Panamá, cuyo proyecto se hallaba paralizado, aunque no abandonado. La guerra de Cuba, analiza dicho texto, no se había concebido para lograr solo la independencia de la Isla: aquel conflicto tenía proyecciones trascendentes, pues se desarrollaba en la mayor del “haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes”, pero era un “suceso de gran alcance humano”, del cual surgiría “un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”. La Isla y el Canal se encontraban en el punto de coincidencia de las coordenadas históricas.

No pudo alcanzarse el ideal martiano. A fines del siglo XIX habían variado las circunstancias en el panorama internacional, y los Estados Unidos hallaron el momento esperado, cuando las pugnas de las grandes potencias europeas las mantenían alejadas de los manejos yanquis en nuestro continente, lo cual abrió la brecha para apropiarse, solo en América, de las colonias españolas, en una guerra breve y de resultados totalmente favorables, pues su poderío creció desmesuradamente en el plazo de pocos años, sin encontrar rival en el control sobre las principales islas caribeñas y Panamá. Se cumplieron, aunque con signo contrario al deseado, las previsiones del Maestro. No obstante, tras ciento veinte años, nuestros países mantienen en alto la dignidad, no perdida aun en las etapas más terribles y comprometidas, y tanto el Canal como Cuba se hallan en poder de sus pueblos. Así debemos estar todos en nuestra América, porque: “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

*Investigador del Centro de Estudios Mar­tianos. Miembro de Número de la Aca­de­mia de la Historia de Cuba

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