Sitiar a Venezuela. “Realmente política del garrote”, Les recomiendo la lectura.

Empecemos por lo principal: Obama, con su implausible “denuncia” contra Venezuela presentándola como peligro para la seguridad estadounidense, ha logrado lo imposible: que coincidan el gobierno de Maduro con la oposición política (al menos en lo básico).

Esta oposición, representada en la llamada Mesa de Unidad, ha manifestado su rechazo a la injerencia de Estados Unidos, e incluso se ha quejado de que -según su postura- eso favorece al gobierno de Nicolás Maduro, pues le permitiría presentarse como antiimperialista y enfrentado a intereses extranjeros.

Es decir: toda la dirigencia política venezolana se opone a la insólita “denuncia” hecha por una potencia que tiene alrededor del 30% del gasto militar mundial, hacia un pequeño país caribeño que -aun si quisiera- no tiene siquiera con qué enfrentar los misiles, cohetes, radares, satélites, drones, bombas y demás instrumentos al servicio de la agresión bélica con los que cuenta Estados Unidos.

Los dichos del presidente Obama implican ciertamente un peligro para toda Latinoamérica; la posibilidad de ataque directo a algún país de la región había desaparecido hace décadas, quizá la última que se hizo abiertamente fue la practicada por vía de los “contras” en Nicaragua; no tan abiertamente en verdad, porque se fingía que esos grupos de mercenarios internacionales y reaccionarios locales no tenían apoyo oficial del gobierno estadounidense, pero con el tiempo surgió todo aquel entuerto por el cual se supo que efectivamente desde el Ejército de EEUU se financiaba los ataques contra el gobierno sandinista de entonces.

Esto era el colofón de una larguísima cadena de intervenciones estadounidenses en territorio latinoamericano, de las cuales no fue menor el ataque a Jacobo Arbens en Guatemala en tiempos cercanos al derrocamiento de Juan Perón, ni tampoco la invasión a República Dominicana contra Juan Bosch en 1965, con la puesta de toda la geopolítica regional en la clave maniquea Este-Oeste.

Nos creíamos lejos de ese trato arrogante de los Estados Unidos, país que, al dejar de fomentar y apoyar los golpes de Estado militares urdidos hasta los años 70, pareció asumir que la vía democrática era la elegida para tratar de imponer sus intereses a nuestros países. Esto, en lo macropolítico; por supuesto que, a su vez, se ha mantenido y perfeccionado el espionaje generalizado a nuestros dirigentes (incluido el celular de Dilma Rouseff, por ejemplo) y la intervención encubierta en nuestros asuntos internos, de lo que dan fe algunos políticos y hasta miembros de la justicia argentinos que han visitado y visitan frecuentemente la embajada estadounidense. Los textos de Wikileaks dan fe de esto, y Assange -tanto como Snowden- son quienes atestiguan, al ser perseguidos, que lo suyo es haber mostrado la verdad.

En todo caso, Latinoamérica no esperaba esta declaración agresiva desde el Norte, y Estados Unidos está aún a tiempo para reorientar su relación con el subcontinente. Es que la resolución contra Venezuela ha caído mal, incluso a muchos de los aliados estratégicos de EEUU en la región, quienes asumen que este es un lugar de paz.

Así es que ha logrado Estados Unidos que quienes han sido sus compañeros de ruta -las oposiciones venezolanas-, se molesten con la gran potencia, ante la posibilidad de una situación bélica que nadie puede querer, y ante “el favor” que desde el Norte se le haría a Maduro, al presentarlo como adalid de la soberanía nacional frente al imperio.

Allí sí que esos opositores caribeños no son coherentes: EEUU no ataca en vano a Maduro, sino por lo que este representa en políticas soberanas y autónomas, por ello alejadas de los intereses del Norte. Intereses que, por cierto, no tendrían por qué llegar más allá de las propias fronteras estadounidenses, y que las oposiciones venezolanas -ello es obvio- en su gran mayoría jamás estarían dispuestas a contrariar.

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