El fracaso económico de François Hollande agrava la crisis de los socialistas franceses.

A finales de agosto, el 76% de los franceses y el 64 % de los simpatizantes socialistas temían la implosión del Partido Socialista (PS). Dos meses después, el problema ha empeorado: un 90% de la población cree que los socialistas están destruyendo su propio partido. El fracaso económico del presidente Hollande ha instalado a su partido al borde de un precipicio cainita.

En julio de 2009, Manuel Valls, actual primer ministro, declaraba: «El Partido socialista corre peligro de muerte, encerrado en una arcaica visión del mundo». Cinco años después, el mismo Valls declara al «Nouvel Observateur», semanario de referencia de la izquierda: «Soy socialista desde hace treinta años. Sigo siéndolo. Pero hay que acabar con la izquierda arcaica».

Advertencia de Bruselas

Valls califica de «izquierda arcaica» a todos los disidentes que critican el programa económico de su gobierno: socialistas más o menos izquierdistas, ecologistas, el Frente de Izquierdas y el partido comunista, todas ellas facciones enfrentadas a Hollande, Valls, Merkel y la Comisión Europea. Esta, por su parte, ha enviado al gobierno galo una «carta-advertencia» en la que le recuerda que los presupuestos del Estado siguen incumpliendo todos los compromisos contraídos con Bruselas. Una advertencia que ha caído como aceite hirviendo en la hoguera donde los socialistas se inmolan en una guerra civil de todos contra el gobierno de Hollande y Valls, cuyo fracaso político es percibido como una traición catastrófica.

Benoît Hamon, exministro de Educación, afirma que el fracaso de Hollande es una «amenaza» para la República. Christophe Perny, presidente socialista del Consejo general del Jura, añade: «Manuel Valls debe dejar el gobierno. Los socialistas tienen un deber de desobediencia y resistencia para combatir el desastre político del primer ministro. Es un escándalo que las ideas social-liberales de Valls, ultraminoritarias dentro del PS, se hayan impuesto como línea de gobierno. En las primarias de 2011, Valls solo consiguió el 6 % de los votos. Hoy, él manda. Debe irse, por el bien de Francia y por el bien del socialismo».

François Hollande nombró a Manuel Valls primer ministro el 31 de marzo pasado, para enterrar sin piedad a su primer jefe de gobierno, Jean-Marc Ayrault, la primera víctima política de los fracasos de Hollande durante los dos primeros años de su mandato presidencial.

Hollande pidió a Valls que acelerarse las reformas y negociase alguna forma de entendimiento con Berlín y Bruselas. Seis meses más tarde, las reformas de Valls siguen siendo tímidas y aleatorias, al tiempo que la canciller alemana, Angela Merkel, y la Comisión Europea hacen cada vez más manifiesta su impaciencia ante un inmovilismo que se ha transformado en una amenaza para toda la zona euro.

El problema fundamental al que se enfrentan Hollande y Valls es que los sacrificios que le piden Merkel y Bruselas no hacen más que acentuar la cólera de los barones socialistas que han declarado la guerra al gobierno. Entre ellos figuras tan históricas como la alcaldesa de Lille,Martine Aubry, o la regidora de París, Anne Hidalgo.

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