Perdura lo que un pueblo quiere (#Cuba #EEUU)

¨Perdura lo que un pueblo quiere¨.   José Martí

El 1ro de enero de 2014, el Presidente cubano,  Raúl Castro Ruz,  se dirigió a los santiagueros, orientales y cubanos  desde el mismo balcón que,  55 años antes y con la tiranía del dictador Fulgencio Batista derrotada, lo hiciera su hermano Fidel. En esa ocasión, ya en el final de su discurso,  se refirió al reto que le imponía a Cuba “la permanente campaña de subversión político-ideológica concebida y dirigida desde los centros del poder global para recolonizar las mentes de los pueblos y anular sus aspiraciones de construir un mundo mejor”.

En esa ocasión Raúl Castro dijo que en el caso cubano “se perciben intentos de introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial, enfiladas contra las esencias mismas de la Revolución Socialista a partir de una manipulación premeditada de la historia…”.

Por relacionarse con el tema e ilustrar lo planteado por el gobernante cubano, los invito a leer un fragmento del artículo “Cultura, historia y un águila que sí casa moscas”, escrito por el Doctor en Ciencias Filológicas, Luis Toledo Sande,  sobre el “Monumento al Maine” en el malecón habanero.

La Habanera.

“Cultura, historia y un águila que sí casa moscas”

Por Luis Toledo Sande

(…) Los planes enemigos incluyen sembrar confusiones y cizaña. Recientemente un despacho aparecido en un sitio digital contrarrevolucionario anunció que el águila yanqui volverá al monumento que frente al Malecón de La Habana recuerda a las víctimas del hundimiento del acorazado Maine. El mismo sitio, que afirma haber recibido la supuesta información de cubanos bien enterados sobre el programa de restauración constructiva de la capital del país, sostiene —como dando voz a presuntos estados de opinión— que unos reaccionan ante la noticia “con sorpresa y otros con la esperanza de que Cuba vuelva a la normalidad”.

Así, según la nota, se rectificaría un “disparate”: el cometido en mayo de 1961, días después de la victoria del pueblo cubano sobre mercenarios del imperio en Playa Girón, dato que el texto pasa por alto, al derribar “el águila norteamericana” que coronaba el monumento, y —añade el texto— “los bustos de Leonard Wood, William Mc Kinley y Theodore Roosevelt”.

Maine con AGUILA 1928 Monument12003

Maine La Habana cubadebate monumento-maine

 

 

 

 

 

 

maine tarja actual imagesSDAT4CZELlama la atención que, al reclamar la vuelta a su estado original, no se mencionen las más de doscientas cincuenta víctimas del hundimiento del Maine, en cuya memoria se inauguró el monumento en 1925, como expresa una de las dos tarjas centrales, que se conservan hoy.

Reclaman, aunque no sabemos que formaran parte del monumento —no aparecen en fotos ni se mencionan en textos consultados anteriores a mayo de 1961, ni los recuerdan personas que lo conocieron antes de esa fecha—, la restitución de los bustos de tres representantes conspicuos del imperio directamente vinculados, dos de ellos, con la intervención en la guerra que los patriotas cubanos libraban contra el colonialismo español, y, el tercero, con la instauración en Cuba de una república maniatada por la Enmienda Platt, contexto en el cual se construyó el monumento, y que algunos quisieran restablecer junto con el águila.

Los contrarrevolucionarios dejan ver su orientación: “Si los Estados Unidos se hubieran apoderado de Cuba, algo que fácilmente habrían logrado al finalizar la guerra de independencia”, los cubanos no sufrirían “una dictadura militar de más de medio siglo, ni el país estuviera destruido”. Anexionistas —y autonomistas— de hoy son continuadores de aquellos a quienes José Martí repudió a lo largo de su vida, como ratificó en carta a Manuel Mercado el día antes de caer en combate para frenar los planes de los Estados Unidos desatados con su intervención militar de 1898, que frustró la independencia de Cuba.

Según investigaciones —alguna de ellas hecha incluso en la Cuba revolucionaria— el hundimiento del Maine, suceso utilizado como pretexto por los gobernantes de los Estados Unidos para desatar la intervención que Martí quiso impedir, no fue el resultado de una operación española ni de un auto-atentado de los Estados Unidos, sino de un accidente. Ahora bien, cualquiera que haya sido la causa del desastre, los marinos estadounidenses muertos en él fueron víctimas físicas de la explosión, y víctimas morales del imperio que usó su muerte como pretexto para consumar sus planes injerencistas. El siglo XX traería nuevas evidencias de cómo actúa ese imperio: ahí están los sucesos de Pearl Harbor; y el XXI casi se estrenó con el derribo de las Torres Gemelas, que aún genera graves sospechas.

A diferencia de otras, la Revolución Cubana no se caracterizó precisamente por la iconoclasia que en otros lares derribó monumentos. Para la vocación independentista del pueblo cubano, derribar de aquel monumento el águila imperial —no la tarja que recuerda a las víctimas del hundimiento del barco, ni la que cita la Resolución en que el gobierno de los Estados Unidos supuestamente se comprometía a reconocer la plena independencia de Cuba— era un acto más legítimo que perpetuar aquella insignia. No hay por qué restablecerla para obedecer un sentido acrítico de la restauración urbana, y menos aún por aceptación de una “normalidad” que negaría la historia revolucionaria del pueblo cubano y de su lucha, pasada y presente, y futura en un plazo que se prevé largo, contra el imperio encarnado en fuerzas que Martí calificó de ultraaguilistas.

El monumento sería fiel a la historia, y a la voluntad del pueblo cubano si en vez de restituir el águila imperial se añade adecuadamente una placa en la cual se informe sobre su derribo, y se expliquen, para quienes no las conozcan, las razones. Incluso, dado que no llegó a hacerse realidad la ilusión de que su lugar lo ocupase una paloma de la paz, obra de Picasso, tal vez lo más acertado sería poner al pie del monumento, como símbolo de rotundo rechazo al imperio, la que se derribó en 1961, esté como esté.

Un proverbio latino en el que se valora ese animal, genéricamente, como símbolo de grandeza, sostiene: “águila no caza moscas”. Pero la imperial, que representa la voracidad ajena a toda norma ética, caza cuanto convenga a sus intereses. La dificultad para ello, en este caso, no radica en el instinto de la voraz ave, sino en que Cuba no es un insecto. (Final)

El artículo completo de Luis Torre Sande:  http://luistoledosande.wordpress.com

 

 

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