#Kennedy. 50 aniversario de un asesinato

Sobre Kennedy se han publicado más de 40.000 libros. De entre tan excesiva producción editorial, el periodista del New York Times, Jill Abramson, ha seleccionado los mejores y más singulares títulos para comprender las visicitudes de aquella “vida inacabada”.

 

33678_1En el 50 aniversario de su asesinato, John F. Kennedy sigue siendo casi imposible de retratar. Una de las razones es que su martirio – que para toda una generación de estadounidenses es aún el acontecimiento público más traumático de sus vidas, a pesar del 11S- ha eclipsado en gran parte al hombre y a sus logros. ¿Fue Kennedy un gran presidente, como muchos siguen pensando? ¿O fue un peso ligero temerario y encantador o, peor aún, el primero de nuestros “famosos”? ¿En qué medida sus numerosos fracasos personales, apenas mencionados durante su vida pero ampliamente documentados desde entonces, ensombrecen o socavan sus éxitos políticos? Hasta los hechos elementales de su muerte siguen siendo objeto de una acalorada polémica. Parece que el consenso histórico ha resuelto que Lee Harvey Oswald fue el asesino solitario, pero las teorías de la conspiración abundan e incluyen a Johnson, a la CIA, a la mafia, a Fidel Castro e incluso una rebuscada combinación de todos ellos. Muchas de estas teorías han circulado durante décadas, y en la actualidad han revivido en internet. Por supuesto, la obsesión por Kennedy no se limita ni mucho menos al mundo digital. Desde su muerte se han publicado unos 40.000 libros sobre él, y el año del aniversario ha arrojado otro vasto raudal.

Robert Dallek, autor de J.F. Kennedy. Una vida inacabada(Península, 2004), probablemente la mejor biografía de Kennedy en un sólo volumen, da a entender que… la atmósfera de culto que envuelve y tal vez sofoca al hombre real ha podido ser la causa de que haya protagonizado tan pocos trabajos de calidad. “El gran público ha convertido a Kennedy en un personaje popular, y por eso los historiadores no se interesan verdaderamente por él”, me decía Dallek. El autor también señalaba un segundo obstáculo: la presión comercial que reciben los escritores para conseguir nuevo material que llame poderosamente la atención. Su libro contiene gran cantidad de información fresca acerca de los graves problemas de salud de Kennedy y de cómo los encubrieron sus más allegados. A Dallek también se le dan bien los aspectos más de cuento de hadas de la historia familiar del presidente, y examina con lupa el funcionamiento de la Casa Blanca de Kennedy. Este último asunto le fascinó hasta el punto que ha escrito una segunda entrega,Camelot’s Court (Harper, 2013), recién publicada, que retrata a los miembros del famoso grupo de cerebros de Kennedy. En esta ocasión, sin embargo, Dallek no ofrece mucho material inédito.

Hay quien sostiene que Kennedy no habría impulsado la guerra como hizo Johnson; pero la idea de que habría reducido la presencia en Vietnam nace tanto del romanticismo del “lo que pudo haber sido” como del registro documental. De hecho, la lacerante nostalgia de “lo que pudo haber sido” flota sobre gran parte de lo escrito sobre Kennedy. A tiempo para el 22 de noviembre llega la obra con el aborrecible título If Kennedy Lived: The First and Second Terms of President John F. Kennedy: An Alternate History(Putnam, 2013). En ella su autor, el comentarista de televisión Jeff Greenfield, imagina un primer mandato completo seguido de un segundo mandato. El territorio no es desconocido para Greenfield, que trabajó para el hermano de Kennedy, Robert, y que firmó un trabajo anterior titulado Then Everything Changed (Putnam, 2011), en el que somete a la cuestión del “¿Y si?” a diversas presidencias.

Thurston Clarke, autor de dos libros previos y muy útiles sobre los Kennedy, también da vueltas al hipotético “lo que podría haber pasado” en JFK’s Last Hundred Days (Penguin, 2013), en el que insinúa que la muerte del último hijo de la pareja presidencial, Patrick, acercó a los afligidos padres y pudo señalar el final de las compulsivas aventuras amorosas de Kennedy. Es más, Clarke hace una pirueta colosal (e incierta) sobre Kennedy como líder, y argumenta que en sus últimos días estuvo en camino de convertirse en un gran presidente. Según Clarke, un ejemplo sería que lograse persuadir a los conservadores republicanos Charles Halleck, jefe de la oposición en la Cámara de Representantes, y Everett Dirksen, jefe de la oposición en el Senado, para que apoyasen el proyecto de ley de Derechos Civiles. Si hubiese sido reelegido, Kennedy habría logrado que el Congreso lo aprobase.

Los libros de mala calidad firmados por autores famosos no tendrían por qué ser una sorpresa, ni siquiera cuando el tema es un presidente de Estados Unidos. El verdadero misterio del caso Kennedy es que, 50 años después de su muerte, autores sumamente acreditados parecen incapaces de concretar su figura sobre el papel. Para algunos, el problema ha sido la idolatría. Arthur Schlesinger hijo, que firmó tres volúmenes magistrales sobre Franklin Roosevelt y el New Deal, intentó hacer algo similar en Mil días: John F. Kennedy en la Casa Blanca (Ayma, 1966). Publicado en 1965, tiene la virtud de la inmediatez; Schlesinger, que asistió a Harvard al mismo tiempo que Kennedy, había formado parte del equipo de la Casa Blanca, a donde llegó en calidad de cronista de la corte, y fue testigo de muchos de los acontecimientos que describe. Pero a causa de su admiración por los Kennedy, se convirtió en el arquitecto jefe del mito de Camelot y, en consecuencia, fracasó a la hora de explicar de manera convincente la realidad de la presidencia.

En 1993 el periodista político Richard Reeves obtuvo un resultado más satisfactorio. President Kennedy: Profile of Power (Simon & Schuster) es una crónica minuto a minuto de la Casa Blanca de Kennedy. Como manual básico de las decisiones de Kennedy, entre ellas la forma en que manejó la invasión de la Bahía de Cochinos y la Crisis de los misiles en Cuba, el libro es fascinante. Lo que se echa en falta es un retrato de la vida personal del presidente, si bien Reeves menciona de pasada a Marilyn Monroe enfundada en el ceñido vestido color carne de 5.000 dólares que llevó en la fiesta de cumpleaños del presidente en el Madison Square Garden en 1962. (Aquí conviene mencionar que Reeves fue el editor de The Kennedy Years, la contribución de The New York Times al universo Kennedy cuyo prólogo redacté yo mismo).

Cincuenta años después, seguimos examinando con lupa los datos del asesinato. En 1964, la Comisión Warren concluyó que a Kennedy lo mató Lee Harvey Oswald, un pistolero solitario. Edward Jay Epstein y Mark Lane están entre los primeros escritores que pusieron en tela de juicio esta conclusión, y su escepticismo desencadenó una marea de investigaciones. El 50 aniversario ha aportado algunas nuevas. Una de las más ambiciosas es JFK Caso abierto (Debate, 2013). La historia secreta del asesinato de Kennedy, un trabajo de más de 500 páginas. Su autor, Philip Shenon, antiguo redactor de The New York Times, descubrió una nueva pista en la persona de una mujer ignorada hasta ahora que podría tener vínculos poco claros con el asesino. Pero cuando Shenon la localizó en México era una septuagenaria que negó la relación con Oswald.

El asesinato de Kennedy estaba destinado a ser un gancho para los novelistas, y algunos se han aproximado al tema con imaginación, aunque con resultados extraños. El éxito de ventas de Stephen King, 22/11/63 (Plaza & Janés, 2012), publicado en 2011, juega con el viaje en el tiempo de un profesor de inglés de instituto que encuentra el amor en Texas mientras sigue el rastro a Oswald. A lo largo de más de 800 páginas, la novela exige una entrega que excede a su valor como entretenimiento.

Oswald, un misterio americano (Anagrama, 1996), de Norman Mailer, me gusta bastante. Como su anterior obra maestra, La canción del verdugo (Anagrama, 1995), es una obra de facción, término acuñado por el autor para referirse a su híbrido de hechos registrados y ficción novelística. Mailer y su compañero Lawrence Schiller pasaron seis meses en Rusia estudiando los archivos del KGB sobre Oswald, y la enorme obra casi novelística fruto de ello contiene gran cantidad de material fascinante acerca de Oswald y de su esposa rusa, Marina, así como del excéntrico repertorio de personajes con el que la pareja se mezclaba en Texas. La destreza narrativa de Mailer es prodigiosa, pero al final cuenta poco que no revelara ya Priscilla Johnson McMillan en 1977 en Marina and Lee(Harpercollins), su retrato de no ficción de la desventurada pareja.

Muchos críticos parecen creer que el ejemplo más sobresaliente de la ficción sobre el asesinato de Kennedy es Libra (Seix Barral, 2005), la novela posmoderna de Don DeLillo publicada en 1988. Sin lugar a dudas, el relato mantiene la tensión y es estimulante. En cambio, el reto que DeLillo se impuso a sí mismo de proporcionar a los lectoresuna “vía para reflexionar sobre el asesinato sin verse sometidos a la presión de los hechos a medias ni abrumados por las posibilidades, por el aluvión de especulaciones”, es excesivo incluso para sus prodigiosas dotes. Es significativo que el propio DeLillo vuelva al impreciso terreno de los “hechos a medias”. Su persistencia abre el interrogante de cuántos secretos sigue habiendo, no solo acerca de la muerte de Kennedy, sino también respecto a su vida. Y si hay secretos, ¿quién los guarda? ¿Y por qué?

El historiador Nigel Hamilton nos proporciona una pista. Su libro,JFK: Reckless Youth (Random House), publicado en 1992, tenía que ser el primero de una biografía en varios volúmenes que prometía convertirse en una contribución valiosa a la bibliografía ya existente. (El autor ha abandonado el proyecto). Si bien el libro abunda en chismorreos, en particular sobre las aventuras sexuales del joven Kennedy, su autor ofrece también un relato vívido y dinámico de la campaña de Kennedy para el Congreso culminada con éxito en 1946.

Caroline Kennedy ha sido más receptiva a la llamada de la historia. Ella misma intervino en la publicación de dos libros y en el lanzamiento de las grabaciones que los acompañan. Uno, Jacqueline Kennedy: Historic Conversations on Life with John F. Kennedy(Hyperion, 2011), contiene las transcripciones de las entrevistas de Schlesinger a la primera dama sobre su marido realizadas en 1964, pero mantenidas en secreto hasta 2011. Las conversaciones son reveladoras e hipnóticas. El segundo, Listening In: The Secret White House Recordings of John F. Kennedy (Hyperion, 2011), recoge los diálogos captados por un sistema secreto de grabación instalado en el Despacho Oval. Como Kennedy lo controlaba, las conversaciones son más cautelosas, pero el libro brinda un momento memorable cuando el presidente pierde cómicamente los estribos a causa de los comentarios poco agradables de la prensa acerca de los 5.000 dólares gastados en la suite de Jacqueline en la maternidad. “¿Están locos? ¿Sabes qué va a pasar ahora? Que cualquier congresista se levantará y dirá: ‘Por Dios, si son capaces de tirar 5.000 dólares en algo así, vamos a recortarles otros 1.000 millones de dólares’. ¡Acabáis de hundir el presupuesto de las Fuerzas Aéreas!”.

El intento más preocupante de la familia por controlar la historia se produjo temprano, y en él se vio envuelto William Manchester, el historiador elegido por los Kennedy a las pocas semanas del asesinato para escribir el relato autorizado The Death of a President. La elección de Manchester se debió a que ya había escrito un halagador libro sobre Kennedy, Portrait of a President(1996). En una apasionante pieza de su colección de ensayos de 1976, Controversy, Manchester describe lo que ocurrió a continuación. En primer lugar vinieron las numerosas adiciones y supresiones de diversos lacayos de Kennedy, que sometieron al autor a tanta presión que acabó sufriendo una crisis nerviosa. Furiosa por los 665.000 dólares que Manchester recibió de la revista Look en concepto de derechos de publicación por entregas, Jacqueline Kennedy acudió a los tribunales para que se le impidiese publicar el libro. Al final llegó a un pacto extrajudicial y, por fin, leyó Muerte de un Presidente cuando se publicó en 1967, calificándolo de “fascinante”. Sin embargo, la familia Kennedy, que controlaba los derechos de Muerte de un Presidente, obligó a suspender la publicación, y durante años sólo se ha podido encontrar copias en internet o en las librerías de viejo. La buena noticia, tal vez la mejor, del 50 aniversario es que Little Brown ha reeditado el ensayo en rústica y en versión electrónica. Es una buena noticia porque, asombrosamente, y contra toda probabilidad, Manchester (que murió en 2004) escribió un libro extraordinario.

Los últimos párrafos de The Death of a President merecen ser destacados por encima de todo lo que se ha escrito y se leerá en este aniversario. Pensando en el traje rosa manchado de sangre que Jackie Kennedy llevaba el 22 de noviembre de 1963, y que desde entonces permanece guardado en un desván de Georgetown, Manchester escribe: “Ella no lo sabe, pero la ropa que Jacqueline Kennedy lució bajo la luz resplandeciente del mediodía de Dallas está ahora en un desván no lejos del número 3017 de la calle N. Esa noche, en Bethesda, sus más allegados juraron que desde el momento en que se la quitase no debía volver a verla nunca más. Y así ha sido. Sin embargo, ahí sigue, dentro de una de las dos cajas largas de cartón marrón arrinconadas entre las vigas del tejado. La primera lleva el rótulo “12 de septiembre de 1953”, la fecha de su boda; dentro está el traje de novia. La etiqueta impresa en mayúsculas de la otra dice: “Vestidos por Jackie el 22 de noviembre de 1963”. Dentro, colocados con todo cuidado, están el traje de chaqueta de lana rosa, el bolso de mano negro, los zapatos de tacón bajo y, envueltas en un paño blanco, las medias.

Por desgracia, las cintas con las dos entrevistas de cinco horas de Manchester a Jackie Kennedy, que al parecer se arrepintió de su franqueza, permanecen precintadas en la Biblioteca Kennedy hasta 2067. Un final decepcionante para un lector que ha repasado minuciosamente todos esos libros. En su conjunto, aportan demasiado poco acerca de un presidente, desaparecido hace ya 50 años, tan inaprensible en la muerte como lo fue en vida.

Tomado de La Santa Mambisa

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