En #Cuba la felicidad tiene el rostro de sus niños y niñas.

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Por: Mariela Pérez Valenzuela

En Cuba la felicidad tiene el rostro de sus niños y niñas. Cambiar la vida de esa gran fortuna que son los chicos, ha sido una prioridad en estos 55 años de Revolución. Por eso su vida es hoy tan distinta a la que tuvieron sus abuelos y abuelas y muchos de sus padres antes del primero de enero de 1959, cuando había 600 mil infantes en la Isla sin escuelas, diez mil maestros sin trabajo y un millón de analfabetos.

Las niñas y niños cubanos solo deben preocuparse por ser mejores estudiantes, por esa razón este mes de noviembre celebrarán su día sin el desvelo de tener que trabajar para subsistir y ayudar a su familia, sin peligro de caer en redes de prostitución o ser reclutados como soldados.

En cambio, en otros lugares del mundo, millones de pequeños, tan desamparados, nada tendrán que festejar en este noviembre, pero tampoco durante los próximos años.

La diferencia es que en esta Isla del Caribe “…cada mes, cada día, cada hora, cada minuto, es el mes, es el día, la hora y el minuto del niño”, afirmó hace algún tiempo el líder de la Revolución cubana, Fidel Castro.

Mientras 101 millones de infantes no acuden a la escuela primaria por diversas razones, la principal, ser pobres, en Cuba todos  y todas, sin diferencias, tienen abiertas las puertas al conocimiento de forma gratuita.

Insatisfechos con lo alcanzado hasta hoy en la educación, el país traza nuevas estrategias para continuar perfeccionando el sistema de aprendizaje, de forma que los estudiantes reciban clases con mayor calidad, lo que se garantiza con una mejor preparación de los profesores, la reducción a veinte de los educandos por aula, el empleo masivo de medios audiovisuales y de la computación.

Otra de las grandes conquistas de Cuba ha sido reducir la tasa de mortalidad infantil de 60 por cada mil nacidos vivos antes de 1959, y mantenerla por debajo de cinco por cada mil nacidos vivos desde hace algunos años, lo que la ubica en ese indicador delante de naciones desarrolladas como Canadá y Estados Unidos.

Tales resultados se sostienen en las masivas campañas de inmunización, con las cuales se eliminaron distintas enfermedades y el establecimiento de un sistema de salud accesible, gratuito y con calidad. Desde que nacen hasta que comienzan sus estudios en la enseñanza primaria, son inmunizados contra 13 enfermedades.

En cambio, casi nueve millones de niños y niñas mueren en el mundo cada año antes de cumplir los cinco años y otros dos millones están infectados con el VIH, virus causante del Sida.

Son los infantes las pequeñas víctimas del mal, que sigue ganando una batalla a los humanos pese a los esfuerzos mundiales por encontrar la vacuna o el tratamiento que ponga fin a esa letal enfermedad.

Los elevados precios de los medicamentos  anti-sida para prolongar la vida de una minoría con posibilidades de costear los tratamientos colocan al resto de los enfermos en una especie de callejón sin salida.

Respecto al futuro de los niñas/os, son muy pocos los que se deciden a predecir una esperanza. Millones de pequeños son huérfanos de uno de sus padres o incluso de ambos a causa del VIH/Sida.

Cuando Cuba ratificó la Convención de los Derechos del Niño en 1991 las cuestiones de la infancia ya constituían una prioridad del gobierno.

Las guerras, la pobreza, desnutrición, violencia, terrorismo, torturas, pornografía, prostitución, las drogas, el trabajo, la intimidación, el aislamiento son situaciones que las niñas/os cubanos desconocen.

Lamentablemente alrededor de 200 millones de infantes trabajan en el planeta para sobrevivir, de ellos casi la mitad en labores riesgosas o en condiciones de explotación y unos 300 mil son reclutados como soldados y utilizados en el tráfico de estupefacientes.

Nada justifica que padezcan hambre, desnutrición, no reciban educación o asistencia médica; carezcan de acceso al agua potable o a las vacunas contra enfermedades prevenibles. Sin embargo, falta lo más importante, la voluntad política para revertir esa cruel realidad.

Tomado de La Santa Mambisa

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